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El desafío de comer insectos y no morir en el intento

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Comer insectos en el encuentro prehispánico en IPAA

La noche del 26 de julio fue una de las más maravillosas que he tenido en los últimos meses. Y no solo por lo que comí en la cena preparada por los cocineros Manuel Rubio de IPAA y Juan Pablo Ussel de La Diferencia, -que no solo exaltó mis sentidos-, sino que me permitió hacer un interesante ejercicio mental, que consistía en abrirme a la experiencia, confiar, y dejarme llevar por ellos y por el periodista Alejandro Escalante, a un viaje culinario por el mundo de los artrópodos y las larvas.

Ya sea por feos, peligroso y molestos; o porque desde pequeños nos enseñan a tener repulsión por ellos. Los insectos siempre han sido algo que queremos mantener lejos. Y si bien los queremos fuera de nuestra vista con mayor razón también de nuestra boca.

Pensar en comer insectos no está en nuestra programación de víveres comestibles. Pero sí en la casilla de aversiones, donde tenemos bien clasificados todos esos diminutos seres como algo no grato.

Gusanos, insectos, arácnidos o crustáceos. La sola idea de que muchas de estas especies pueden comerse nos provoca algo más que asco. Yo le llamaría miedo; pues como bien sabemos muchos de estos poseen veneno en sus pequeños cuerpos, un gran número se consideran plaga y el resto son simplemente una verdadera molestia.

Fotografía Adriana Zapien

En lo que respecta a comer insectos, la única experiencia que tenía, fue cuando era pequeña en la casa de campo de mi abuelo donde había una gran cantidad de árboles frutales y cuando íbamos los fines de semana recogíamos las frutas que caían al suelo. Muchas de estas, -especialmente los mangos- habían estado el tiempo suficiente para llenarse de gusanos.

Mi madre partía la fruta separaba el área donde se veía la larva y contenta exclamaba “¡Listo! ¿Lo ven que fácil es? El resto de la fruta está intacta, ahora sí, cómanla” Y al venir la invitación de mi madre; sentía confianza y la comía sin temor a pesar de que el gusano había estado ahí adentro.

Con esa pequeña apretura de mente. Uno de esos tantos días que me tocó recoger las frutas me tocaron las guayabas, y no resistí la tentación de comer la perfumada fruta, antes de llevarlas a la casa. Así que comencé a comérmelas. Cuando llevaba la cuarta o quinta, -ya no recuerdo que número era- de repente, tuve la sensación de que algo se movía dentro del fruto.

Volví mi mirada al centro de este, fijé mí vista detenidamente, y entonces vi que lo que parecían semillas, en realidad eran unos gusanitos que seguramente estaba disfrutando enormemente de ese delicioso manjar tropical; aprovechándose de que se confundían con semillas y la pulpa.

Lo que siguió a esta sorpresa, fue que estaba tan rica la guayaba que era difícil pensar dejarla de comer. Así que después de sentirme un poco horrorizada y otro tanto asqueada, recordé que mi madre siempre decía que la comida no se debía tirar y entonces de un gran bocado me la terminé de comer.

Todo este preámbulo, recordando ese episodio de mi niñez en el que comí las larvas dentro de una fruta, fue una de las claves para que la noche del pasado 26 de julio comiera sin temor una cantidad de insectos que jamás me hubiera imaginado comer. ¿Dónde estuvo la clave? La respuesta es simple. “Confianza”.

Confiar fue la llave que abrió mi mente. Y así como las palabras de mi madre, me hacían convencerme que nada me haría daño. Manuel Rubio, Juan Pablo Ussel y Alejandro Escalante me persuadieron que esta cena sería una experiencia grandiosa que no olvidaría y que sin duda me haría ver los insectos de otra manera.

Platicaba Escalante al inicio de la cena, que esa noche comeríamos solo seis de las quinientas cuarenta y nueve especies de insectos comestibles. En su plática introductoria a este encuentro culinario prehispánico, contaba que la entomofágia, es el consumo de los insectos por los seres humanos y se practica en varios países alrededor del mundo, sobre todo en como Asia, África y América Latina y que la FAO señala, que la ingesta de insectos complementa la dieta de millones de personas por su comprobado contenido de proteínas y nutrientes de alta calidad en comparación con la carne y el pescado.

Como mi intención no es hablar de lo que ya han investigado muchos, -en especial Alejandro Escalante, autor del libro “Acridofagia y otros insectos”– hablaré de cómo me atreví a comer insectos y no morir en el intento. Y no porque estuviera en peligro, sino porque morir significaba salir derrotada por no vencer los miedos y el asco. Vencida al no deshacerme de mis fobias, porque no hay nada peor en esta vida que tener miedo, pues este es el responsable del área de confort, de la falta de creatividad y de muchas cosas que bloquean nuestro desarrollo e incluso nuestras relaciones.

En ese encuentro prehispánico me comí a uno de los artrópodos más temidos “El alacrán” y vencer el miedo, me hizo salir victoriosa esa noche donde la magia de unos cocineros, amantes de la comida mexicana lograron poner frente a nosotros platos de la cocina prehispánica y darles su toque moderno. Su entusiasmo y la pasión por lo que hacen, lograron que cada bocado, aun sabiendo que podía tener un pulgón, una larva o un artrópodo no fuera tema de conversación con mis voces internas. Esa noche, además de comer delicioso recibí proteínas de la más alta calidad.

Salí victoriosa gracias a la plática apasionada sobre entomofagia de un periodista, que logró cautivar mi atención de tal manera que hoy gracias a él la literatura que estoy leyendo se relaciona con la ingesta de insectos, su valor nutricional, su crianza y su importancia en el bio-balance de la misma naturaleza. Pues por si no lo sabían, sin muchos de ellos la humanidad no existiría.

Hoy, gracias a Alejando Escalante tengo conciencia del respeto que tengo que tener por lo insectos, pues puede ser que sean quienes nos alimenten y nutran en un futuro muy cercano.

En otro texto narraré a detalle cada uno de los platos y los insectos que contenían y lo más interesante será que platicaré de como el vino y la cerveza de sumaron a este viaje, como un tercer actor; que de la mano del sommelier Marco Amador maridó cada bebida con su platillo de manera espectacular.

Por lo pronto les diré que la próxima vez que vean una araña, un alacrán, una avispa o una fila de hormigas cruzando por su vida déjenlos tranquilos, tal vez el día de mañana sean el alimento que nos salvara de padecer hambre. Y yo a partir de hoy pondré la practica de comer insectos en una actividad mas frecuente.

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